lunes, 19 de septiembre de 2011

2ª lectura - El pequeño Nicolás

El pequeño Nicolás:

Los otros no estaban de acuerdo, lo cual es un rollo; cuando uno juega solo, no se divierte; y cuando no se está solo, los demás arman un montón de discusiones.

-¿Por qué no voy a ser yo el bueno? –dijo Eudes- ; y ,además, ¿porqué no voy a tener un caballo blanco también yo?

-¿Y quién será el prisionero? Pregunté yo.

- Bueno, será Godofredo- dijo Eudes- Vamos a atarlo al árbol con la cuerda de tender la ropa.

- ¡Eso no está bien! –dijo Godofredo-. ¿Por qué yo? No quiero ser prisionero; ¡soy el mejor vestido de todos!

-¿A qué viene eso? –dijo Eudes-. ¡Yo no me niego a jugar, aunque tengo un caballo blanco!

- Quién tiene el caballo blanco soy yo! –dije.

Eudes se enfadó y dijo que el caballo blanco era de él y que si no me gustaba me daría un puñetazo en la nariz.

-¡Prueba! –le dije. Y lo consiguió.

Y, después papá salió de casa. No tenía pinta de estar muy satisfecho.

-¡Eh, chicos! ¿Qué es todo este barullo? ¿Es que no sabéis divertiros tranquilamente?

-La culpa es de Godofredo, señor; no quiere ser el prisionero –dijo Eudes.

-Vamos, niños, voy a enseñaros cómo hay que jugar –dijo papá-. ¡Yo seré el prisionero!

¡Estábamos realmente encantados! ¡Es estupendo mi papá! Atamos a papá al árbol con la cuerda de la ropa y, en cuanto acabamos, vimos al señor Blédurt saltar el seto del jardín. El señor Blédurt es nuestro vecino y le encanta tomarle el pelo a papá.

-Yo también quiero jugar. ¡Seré un piel roja!

-¡Sal de aquí, Blédurt, nadie te ha llamado!

El señor Blédurt era formidable; se puso delante de papá con los brazos cruzados y dijo:

-¡Qué el rostro pálido contenga su lengua!

Papá hacía esfuerzos graciosísimos para soltarse del árbol lanzando gritos. Nos habría gustando quedarnos para ver a papá y al señor Blédurt divertirse y hacer el payaso; pero no pudimos, porque mamá nos llamó a merendar y después fuimos a mi cuarto a jugar con el tren eléctrico. Lo que yo no sabía es que a papá le gustase tanto jugar a los cow-boys. Cuando bajamos, ya por la noche, el señor Blédurt se había marchado hacía un buen rato, pero papá seguía atado al árbol, gritando y haciendo muecas.

¡Es formidable saber divertirse así, uno solo!


René Goscinny.


PREGUNTAS

1.¿Quién quería Eudes que fuera el prisionero?

2.¿Quién dijo “yo seré el prisionero”?

3.¿Quién quería dar un puñetazo en la nariz a Nicolás?

4.¿Qué personaje del juego no quería ser Godofredo?

5.¿Por qué dejaron solos al señor Blédur y al padre de Nicolás?

6.¿Tenía hermanos Nicolás?

7.¿Qué nos quiere enseñar el autor con la lectura?

8.¿Por qué no jugaba la madre con ellos?

9.¿Para que se reunieron los niños?

10.¿Por qué se alegraba el vecino de ver al padre de Nicolás atado al árbol?

11.¿Es bueno que los padres jueguen con sus hijos?

12.¿Qué es lo más importante cuando jugamos con los amigos?

13.¿Cómo se deben resolver los problemas?

14.¿Es importante respetar las reglas de los juegos?¿Por qué?


15.¿Qué juegos prefieres, los tradicionales como “el quema”, “el pilla-pilla”….o los relacionados con las nuevas tecnologías tales como la play-station, game-boy…..?

martes, 13 de septiembre de 2011

Primera lectura - El verdadero valor del anillo

El verdadero valor del anillo

- Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo ganas de hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?
El maestro, sin mirarlo, le dijo:
- Cuánto lo siento, muchacho. No puedo ayudarte, ya que debo resolver primero mi propio problema. Quizá después… -y haciendo una pausa, agregó- : Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.
- E… encantado, maestro –titubeó el joven, sintiendo que de nuevo era desvalorizado y sus necesidades postergadas.
- Bien –continuó el maestro. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo meñique de la mano izquierda y, dándoselo al muchacho, añadió- : Toma el caballo que está ahí fuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, y no aceptes menos de una moneda de oro. Vete y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.
El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó al mercado empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes, que lo miraban con algo de interés hasta que el joven decía lo que podía por él.
Cuando el muchacho mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le giraban la cara y tan sólo un anciano fue lo bastante amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era demasiado valiosa para entregarla a cambio de un anillo. Con afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un recipiente de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazó la oferta.
Después de ofrecer la joya a todas las personas que se cruzaron con él en el mercado, que fueron más de cien, y abatido por su fracaso, montó en su caballo y regresó.
Cuánto hubiera deseado el joven tener una moneda de oro para entregársela al maestro y liberarlo de su preocupación, para poder recibir al fin su consejo y ayuda.
Entró en la habitación.
- Maestro –dijo-, lo siento. No es posible conseguir lo que me pides. Quizás hubiera podido conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.
- Eso que has dicho es muy importante, joven amigo –contestó sonriente el maestro-. Debemos conocer primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar tu caballo y ve a ver al joyero. ¿Quién mejor que él puede saberlo? Dile que desearías vender el anillo y pregúntale cuánto te da por él. Pero no importa lo que te ofrezca: no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.
El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo al chico:
- Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya mismo, no puedo darle más de cincuenta y ocho monedas de oro por su anillo.
- ¿Cincuenta y ocho monedas? –exclamó el joven.
- Sí –replicó el joyero-. Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de setenta monedas, pero si la venta es urgente…
El joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.
- Siéntate –dijo el maestro después de escucharlo-.Tú eres como ese anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte un verdadero experto. ¿Por qué vas por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?
Y, diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo meñique de su mano izquierda.


Cuento sefardí extraído de
”Déjame que te cuente” de Jorge Bucay



Cuestionario
1.- ¿Por qué fue el muchacho a ver al sabio maestro?
2.- ¿Cómo se sintió el muchacho cuando el maestro le dijo que no podía ayudarle hasta que resolviese primero su problema?
3.- ¿En qué consistía el problema que tenía que resolver el maestro?
4.- ¿Qué tenía que hacer el muchacho para ayudar al maestro a resolver su problema?
5.- ¿Tenía el maestro que vender realmente su anillo?
6.- ¿Crees que los mercaderes valoraron correctamente el anillo?
7.- ¿De qué material sería el anillo?
8.- ¿Piensas que el maestro confiaba mucho en el muchacho? ¿Por qué?
9.- ¿Qué opinas del comportamiento de los mercaderes que se reían del muchacho?
10.- ¿Qué lección has aprendido de este cuento?

Club de lectura

En este blog iremos colocando distintas lecturas, que luego trabajeremos en clase.